Este es un principio de productividad y organización sencillo pero fundamental: no muerdas más de lo que puedes masticar, y recuerda que la capacidad de tus mandíbulas tiene un límite. De lo contrario, por muchas tareas que consigas completar cada día, vivirás en un estado de permanente frustración por todo lo que no eres capaz de hacer.
Este axioma es tan obvio que parece una estupidez. Como ocurre a menudo con las perogrulladas que “todo el mundo tiene claras”, es facilísimo olvidarse de respetarlas. Lo sé bien, a mí me pasa de vez en cuando.
El proceso es insidiosamente sutil y discreto. El lunes te invitan a otra red social (“Storytellers Sin Fronteras”, qué interesante, personal y profesionalmente) y aceptas la invitación. El miércoles descubres unos estupendos vídeos de Zumba, que te permiten hacer ejercicio sin salir de casa (parece divertido, seguro que puedes dedicarle 30 minutos al día). El domingo, al revisar tu lista de proyectos pendientes, te horrorizas por décima vez al tomar conciencia de que tu tesis doctoral sigue muerta de asco (¡qué horror, de este año no pasa!), y te comprometes a trabajar en ella 4 horas a la semana.
Y además vas a hacer una revisión diaria y otra semanal de GTD. Y vas a cocinar platos caseros y saludables. Y a recuperar el contacto con los amigos de la universidad, ya que los has encontrado en Facebook. Y a jugar cada día 1 hora con tu hijo, que hay que darles tiempo de calidad. Y aprender alemán. Todo ello, sin dejar de sacar adelante el trabajo diario que te da de comer, pasar tiempo con tu pareja y, yo que sé, ducharte.
Y dos huevos duros.
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Pero tú YA tenías una larga lista de tareas por hacer. ¿Cómo te las vas a arreglar con las nuevas? Y aquí es cuando aparece uno de esos tipos que ni sudan ni arrugan camisas, pero que te dedica una sonrisa cargada de complicidad desde la portada de su libro y te dice:
- Hey, nena. Lo que necesitas es un buen sistema de Gestión del Tiempo. Sigue mis consejos y serás feliz.
Lo haces. Y oye, tu vida mejora. Realmente puedes hacer más cosas, sacar más trabajo adelante, cumplir más compromisos, completar más tareas.
Pero entonces, el perverso proceso de suma y sigue se repite la semana siguiente. Aprende Linux, crea un maravilloso álbum digital con las fotos del viaje a Moscú, haz cada semana 20 llamadas de prospección de nuevos clientes, investiga cómo elaborar menús más sanos y ligeros, aplica ese nuevo sistema de organización de facturas.
Y ahí entras en territorio paradójico: como cada vez eres más eficiente, cada vez absorbes más compromisos, de modo que cada vez tienes más tareas pendientes. Felicidades: acabas de comprar un billete de ida al País de la Perpetua Frustración. Tus técnicas de productividad consiguen que hagas más cosas, pero siempre te sientes igual de infeliz y agobiada. MAL.
Por supuesto, puede haber un periodo concreto en que absorbamos más compromisos renunciando a una parte de nuestra serenidad y nuestro bienestar físico y mental con el fin de ascender un peldaño en la escalera. Si se trata de un empujón concreto, es asumible. Pero si un día te das cuenta de que llevas años empujando, es que algo estás haciendo mal.
El primer paso hacia la satisfacción y la productividad real consiste en esto, en decirte a ti misma:
- No puedo absorber tareas indefinidamente, y no debo alcanzar el límite de mi capacidad, sino quedarme en una zona cómoda. Como si de un armario se tratara, cada vez que entra un item, debe salir otro, porque el espacio es limitado. Y no hay técnica de productividad que pueda cambiar esa realidad.
Recuerda esta idea cada vez que pienses en empezar un nuevo deporte, aceptar un proyecto, crear o recuperar una nueva relación personal o comprometerte a algo. Hasta el camarote de los Hermanos Marx tenía un límite.